Hotel Tinas de Pechón
Cinco suites con un mismo idioma material: piedra, roble y la luz del Cantábrico.

Fundadora del estudio. Más de dos décadas dedicadas al interiorismo y la decoración en Cantabria, con una mirada cuidada, paciente y profundamente humana.
Formada en interiorismo y decoración, María lleva más de veinte años proyectando viviendas, hoteles, comercios y oficinas en Santander, Torrelavega y toda Cantabria.
Su recorrido ha sido el de quien aprende del oficio antes que de la moda: visitando talleres de carpintería, tapicería y forja, dibujando a mano cada estancia antes de llevarla al ordenador, eligiendo personalmente cada material —la veta de una madera, el tacto de un lino, la pátina de un latón— y volviendo, una y otra vez, al espacio a distintas horas del día para entender cómo se comporta su luz, cómo cambia con las estaciones y cómo dialoga con el entorno.
Esa manera lenta de trabajar, alejada de los estilos prefabricados y de las tendencias que caducan en una temporada, es lo que ha hecho del estudio una referencia silenciosa en el norte. No hay un sello visible que se repita de un proyecto a otro, ni un catálogo de soluciones aplicadas en serie. Sus proyectos no se parecen entre sí porque nacen de personas distintas, de espacios distintos y de motivos distintos. Se parecen, eso sí, a quienes los disfrutan y los utilizan: a su forma de recibir, de cocinar, de leer, de descansar, de trabajar. Y esa es, quizá, la mayor coherencia que un interiorismo puede ofrecer.

Antes de levantar un solo plano, María dedica tiempo a escuchar. Le interesa saber a qué hora entra el sol en cada habitación, dónde se sienta cada miembro de la familia a leer, qué objetos guardan una historia y cuáles ya no tienen sitio. Pregunta por las rutinas reales —la del café temprano, la de los deberes, la de la cena larga del sábado— porque sabe que un buen interiorismo no se diseña sobre planos, sino sobre la vida que los va a habitar.
Esa escucha es paciente y sin prisa. María toma notas a mano, vuelve al espacio en distintos momentos del día, fotografía la luz, mide los silencios. De ahí salen los primeros bocetos: no son una respuesta a una tendencia, sino una traducción honesta de quien va a vivir allí. Esa empatía es el verdadero punto de partida del estudio —y la razón por la que ningún proyecto se parece a otro.
A esa escucha se le suma el savoir-faire —el buen saber hacer, el oficio cuidado, la atención al detalle—. Cada cajón, cada junta de madera, cada punto de luz se decide. Nada queda al azar. Y nada se enseña hasta que está bien. María visita personalmente los talleres, elige los materiales en mano, revisa los acabados antes de la entrega y vuelve al obrador cuantas veces haga falta para que una pieza salga como tiene que salir.
Es una forma de trabajar lenta, a contracorriente, que rechaza el atajo y el catálogo prefabricado. Pero es también la única que permite firmar lo que se entrega: hogares pensados al milímetro, donde la calidad se nota cuando se abre un cajón, cuando se enciende una lámpara o cuando, diez años después, todo sigue funcionando exactamente como el primer día. Para María, eso es el verdadero lujo: la tranquilidad de lo bien hecho.
Cinco suites con un mismo idioma material: piedra, roble y la luz del Cantábrico.
Vitrinas de roble macizo donde la pieza vuelve a ser, siempre, la protagonista.
Una planta diáfana convertida en hogar familiar sin perder un solo metro de luz.
Una vivienda de los setenta abierta al mar, devuelta a su mejor versión.
«No diseño espacios para que impresionen.
Los diseño para que, dentro de diez años, sigan teniendo sentido.»
¿Hablamos del tuyo?
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